Nunca me harás creer
junio 4th, 2011 § Dejar un comentario
Nuestro romance delictual, no podía terminar de peor-mejor manera; el suicidio corría por tus venas, el llanto tenía que ser desgarrador. Cuando el corazón se nos paró y se erosionó, no pensé que nos fuera a importar, secos por dentro, no era una ilusión perceptual. Te veía sufrir en los más profundos abismos; uno, dos, tres paros cardiacos. Inaguantable. Perderte fue el homicidio más cruel y morboso. Amor intelectual o creíamos eso, eras tan ingenuo y yo tan marginal; reías al leer tus libros que eran un sueño utópico e irrealizable, tan bondadosos a la hora de existir en tu inconsciente, preferiste abandonarte a ellos. Por siempre me perseguirán los fantasmas de tu adorable expresión, los espectros de tus rasgos de sutil hombría, fenómenos aterradores que nunca podré borrar de mi memoria. Recovecos llenos de arena, ¿alguna vez se detendrán estas dolorosas reminiscencias? Te robé la vida que juré alguna vez que podríamos tener. Terrible y sombría se ve la ladera, aún están los rastros en la tierra y las piedras, huellas de sangre petrificada y cabellos color indeterminado; demolieron cada parte de tu cuerpo, parecía una predicción de Vanitas; nuestras vidas se convirtieron en escenas de una lúgubre novela gótica. Las heridas no cicatrizaran, porque por ese organismo tan sensual y amoroso ya no fluye; la sangre-ritual que obsesionó a la Condesa Sangrienta, ya no podré volver a dormir: animal insomne. Jamás creí que te extrañaría; las excentricidades y extravagancias que alguna vez amaste son risibles hábitos encerrados en el psiquiátrico de mis desequilibradas emociones. No debí dejarte morir, porque aún te amo y mi corazón se contrae con fuerza; uno, dos, tres paros cardiacos ¿Me abrazarás esta noche? La culpa se manifiesta en una figura que se parece a ti, cruel y sanguínea, putrefacta y purulenta. Duele, duele tanto que yo también quiero morir, pero te lo prometí: jamás me dejaré caer, jamás en tu abismo me volveré a alojar; soy la vagabunda-pesimista-contorsionista que te dejó ir. Nuestro romance delictual, porque asaltábamos los inmundos y húmedos callejones de la desesperación, buscando libros para mantener la esperanza encerrada en nuestras aterradas almas; aún amas a tus autores eruditos, les crees y ellos te salvaron la vida en los momentos en que te desvanecías entre el polen que afloraba de esas pequeñas flores mustias ¿A qué te aferrabas al momento del óbito? En que tú cambiaría, en que yo cambiarías, en el mundo feliz que soñaste dulcemente en tu cama después de que hicimos el amor; esa fue la peor parte. Cantos fúnebres, migrañas de imágenes, animadversión de reacciones corporales-extrafenomenales. La sangre corrió sin querer y jamás volvimos a ser los mismos; no era moda de los ’80. No soy una poeta, mas creíste en mí y ahora estás pulverizado, fue una caída de cien metros al vacío; a veces creo que todo fue en vano. Dame una razón para vivir, la promesa no es suficiente; tengo todas las drogas que mis muebles pudieron comprar y recito un himno a tu perdón, esa es una sombra que me rehúso a dejar ir, y tú nunca volverás. Preferiste morir.